jueves, 6 de junio de 2013

EMPIEZAN VOLANDO BOTELLAS Y ACABO RECORDANDO UN DOS DE DICIEMBRE.

Una mañana, de repente, todas las cartas que te envié en botellas de cristal de azúcar volaron de vuelta a mi.
Intenté cerrar a tiempo la contraventana, sin embargo no pude evitar que entrara aquella botella verde que reconocí de inmediato. Apenas si la  pude rozar con la yema de mis dedos antes de que impactara en el suelo de loza para acabar rodando hacia el centro de la habitación. En ese breve instante de parálisis en el asombro otras cinco botellas de cristal de azúcar entraron una tras otra, Estas te acompañarían en tu viaje, imagino...
Si el vértigo, el temor a lo desconocido no me hubiera hecho rehén del tiempo, quizás hubiera experimentado la emoción de lo mágico, proyectado en mi mente todas las leyendas de amistades imperecederas y hubiera disfrutado de recordarte repentinamente después de tantos años. Pero era todo tan rápido, tan inesperadamente esperanzador que me estremeció una emoción demasiado sobrecogedora. Faltándome reflejos aún, entraron como un séquito excepcional un par de ruiseñores, un jilguero y un precioso verderón que se acomodó junto al alféizar. Finalmente cerré la contraventana. 
Ay! Josep Ramón... los recuerdos se abalanzaban sobre mi como un tsunami imparable mientras miraba la botella en el suelo aún rodando e intentaba imaginar una coreografía de malabares que me permitiera mantener tanta locura en cierta cordura y así evitar colapsar. Pero finalmente cerré los ojos y me detuve en la mirada del último día que te vi. Un dos de diciembre cuando nos repartieron los exámenes de matemáticas y no dejaste de mirarme de aquella manera que no supe entender. No supe entender pero quise volver a buscar a la mañana siguiente. Ese día que se me abrió el cuerpo de par en par y te llevaste diez millones de sueños dejando espacio para que se acomodara el desaliento. Todo era tan absurdo, pero aquella moto te atropelló a la salida del instituto. Podrías haberme dicho que querías volar a otros cielos, no me hubiera esforzado en entender qué había cambiado en ti   Durante meses te envié diariamente mis cartas hasta que olvidé tu mirada, finalmente me olvidé de ti. Quizás sólo me mimeticé con quienes querían que tu pérdida no fuera un drama incómodo teatralizado en cartas.

Un sonido me interrumpió el pensamiento... era aquella botella verde, ¿la recuerdas? aquella única que elegí para tí en el color de los pinos junto al Mediterráneo... era ese sonido característico del vidrio acariciando la loza mientras frenaba lentamente. Frenó abatiendo un libro junto al revistero. Al principio no reconocí el libro y sólo cuando, estando a su lado leí : Hanasaka Jisan., fue que supe que habías vuelto.


Los vecinos tuvieron que escuchar mis carcajadas cuando al rozar la botella los cerezos del libro empezaron a florecer... florecían en colores de saturación exquisita, derrochando  vida. Florecían como palomitas alegremente, desbordando la página, extendiendo su manto de pétalos en la habitación. Entonces volvieron a mi  todas aquellas tardes de invierno cuando mis padres no nos dejaban salir a la calle y nos sentábamos en los módulos de la habitación. Seguro que habías olvidado que llamábamos así a aquellos sillones acolchados que daban la espalda a la puerta y convertían el dormitorio en nuestro búnker de intimidad, inocente intimidad, maravillosa amistad. Leíamos incansablementes cuentos y más cuentos. Cuentos japoneses y rusos y chinos y árabes, cuentos clásicos y la oveja negra de Augusto Monterroso que tanto te gustaba. Pero este era sin duda uno de nuestros favoritos. Calladamente lo hicimos un himno, ¿verdad?. Hanasaka Jisan.... leí en voz baja levanté la botella como un trofeo. Una brisa suave acarició mi rostro y los vecinos siempre cómplices con lo inaudito decidieron que Maria Callas podría acompañarnos dando voz a Madame Butterfly....


Sabía que no habías vuelto después de tantos años para llenar mi habitación de flores de cerezos, ruiseñores, o Puccini... sabía que después de más de veinte años de olvidos habría algo de aquellas cartas que te mandé que quisiste devolverme, pero con sinceridad me costaba recordar esas semanas después de tu muerte. Creo que las viví a golpe de llanto y claudiqué a lo obvio para esconderme en las rutinas.


Me senté, cerré los ojos para recordar una vez más tus ojos pardos y tu sonrisa de instituto y abrí la botella. Cayó una moneda, sonreí, cayó una flor de cerezo, sonreí nuevamente y cayó finalmente un trocito de papel. Lo leo y traduzco:

"Cuando leíamos nuestro cuento ... secretamente pensaba que eras mi amigo del alma. Sabía que contigo siempre florecerían los cerezos, que nos gustaba ese cuento porque encontrábamos cobijo en él. Me has hecho reir tanto sobretodo cuando me provocabas el ingenio para hacerme hablar y luego reírte de mí, conmigo... ¡Vamos!,¡ No puede haber mayor riqueza que esa!. Se muy bien que te gusto callada también por eso ahora te escribo. Me dejas un poco sola pero no estés triste. Te llevo como una semilla de bondad para plantarla en cada espacio de mi vida, en cada curva, en cada incertidumbre y si algún día Josep Ramon intuyes que olvido nuestro cuento y el sentido que nos unía a él. Con la misma dulzura que te fuiste dejándome una mirada indescriptible, vuelve y recuérdame... Recuérdame por favor, en tributo a todos los recuerdos que ya no tendremos,  que lo que no se da, se pierde".





lunes, 3 de junio de 2013

UNA FOTO DE PELÍCULA. ESTE RELATO DEDICADO A SILVIA Y MARCOS. MI PARTICULAR REGALO DE BODAS.

- Es el final del baile, dijo ella, mirando la foto.

- vale para título, confesé con cierta nostalgia. -Me gusta tanto..., le dije. Miro la foto y me invade la nostalgia como un arrebato, ¿sabes?

Silvia me miraba un tanto sorprendida. No estaba en ese momento del mes y su felicidad era aún demasiado expansiva y por tanto en absoluto predispuesta a acariciar estados de ánimo más afrancesados, sin embargo me dejó seguir mientras servía el vino en mi copa. Las amistades tienen señales como pergaminos, cuando Silvia te sirve una copa está escribiendo un: sigue, por favor. Y seguí. Sostuve la copa en alto a contraluz para apreciar ese color teja tan prometedor de ese vino escogido con tanto mimo. Una primera vez me lo acerqué  en su quietud y una segunda vez agitándolo suavemente para capturar uno a uno  todos los aromas posibles. Un pequeño sorbo y el sabor esperado. - Gracias, Silvia, tiene un exquisito sabor aterciopelado, como a mi me gusta. Redondo y aterciopelado. - ¿quieres que siga hablando de tu foto?

- Sabes que sí, dijo acomodándose a mi lado.

- El blanco y negro, no puede haber sido casual, le dije. Me sobrecoge la nostalgia, Silvia, me sobrecoge un poco al abordaje, ya me conoces y otro tanto la medio invento para saborearla con más esencias. Cierro los ojos y os veo a Marcos y a ti deslizándoos en aguas calmas entronados en cubiertas de barcos de vapor de época  e imagino un final del día más cercano a la piel, a la tierra como una nostalgia de raiers sobre troncos en el Noguera, río abajo. (No puedo traducirte la palabra raiers, esta demasiado arraigada al riego sanguíneo.Temo que, si la cambio, algo sutil se rompa y no pueda arreglarlo, simplemente confía). Silvia, me mira al tiempo que parece confusa pero finalmente me sigue diciendo:- está bien, raiers: algo rústico y bonito para acabar el día.
 - Eso es, agradecí y continué...Al día siguiente despertaréis temprano, entre olores a hoja de tabaco húmeda y líquenes pero sólo hasta que los jazmines y el sol más cálido os lleven más al sur. Entonces, será el ladrido de los perros cuando despiertan al amanecer quienes os sorprenderán con el sudor en el cuerpo. Más tarde a la hora de la siesta, limonadas frescas bajo la sombra desesperada de la higuera. Cuando llegue el atardecer y os acompañe el ruido de grillos en la oscuridad, cuando os abrace  la noche enredando la brisa fresca entre las hamacas ya no necesitaréis hablar, los silencios se hacen siempre dueños en los humedales, ¿sabías? Las ranas así lo han dispuesto desde hace cientos de años. Aunque eso sólo ocurre cuando hay cañaverales junto al río.

- ¿Todo eso ves en esta foto? dice Silvia, invitándome a seguir tan particular evasión.

- Claro! claro que sí! y mucho más le dije mientras buscaba esa mirada de amistad de los últimos veinte años para adivinar el camino que mis palabras debían andar  sin perder  tiempo.  También veo lo guapa que estás...tu pierna buscando sus caderas y el beso. Tu pelo y esa rendición. Estás preciosa. Si fuera un hombre no podría dejar de mirarte, concluí.

- Su expresión se alejó unos millones de años luz por un instante justo antes de volver a mi más preocupada que intrigada para preguntar:  - ¿y esas lágrimas Maite?

- ¿Las lágrimas?, susurré mientras apartaba de ella mi rostro con cierta timidez. ¿Mira ves? le expliqué, señalando las lágrimas que caían por el lateral de la copa. Las lágrimas Silvia, las lágrimas en el vino siempre indican la cantidad de alcohol y glicerina que contiene y estas tienen mucho cuerpo así que hoy dormiré pronto.

Antes de que pudiera decir nada, un tanto confusa, le di un beso en la mejilla y
 sin perder un segundo me despedí:- Descansa tus pies, cariño, que el baile tiene que durar mucho tiempo aún, la música nunca para si oyes bien. ¿Sabes qué? este vino me ha dado mucho sueño.