Un nombre casualmente cinematográfico. Me gusta pensar en los escritos como arbustos en un viñedo, sujetos a la tierra, ganando con los años el sabor del vino. Escribo mucho y de forma un tanto extraña. Entonces mejor un espacio amplio dónde dejar que las palabras,formadas al calor de la emoción,se eleven y formen nubes. Si no miras, no están, pero si observas, ellas se dejan imaginar con nuevos contornos llenando el cielo de promesas de lluvia.
jueves, 9 de mayo de 2013
ATRAS DEJO LA BARANDILLA
Atrás dejo la barandilla de mi balcón, casi flotando y disfrutando del aire en la cara mientras escucho una vez más un par de compases de New Dawn Fades.
La tierra se acerca a mi todo lo rápido que puede. Extiendo los brazos para fundirme en un abrazo... pero antes dejarme que os cuente mi historia.
Cuenta mi abuela que el día que yo nací colgaron en el puerto de Gloucester un atún gigante de 900 libras. Al día siguiente, todos los periódicos locales publicaban la noticia con fotos en primer plano de ese atún capturado en el Benjamin Isherwood. Por fin el atunero consiguió estar por unas horas a la altura del desproporcionado nombre que había recibido de un mal patriota. Lamentablemente, apenas una reseña en uno de esos panfletos aspirantes a periódicos, narró en tres líneas junto a una modesta esquela, el fallecimiento de mi desgraciada madre. Falleció desangrada ese mismo día, en esa misma cubierta, cuando mi cordón umbilical se enredó fatalmente con una inoportuna red de pesca. A los atuneros más proclives a las fábulas y leyendas les gustaba ilustrarme, según crecía y me hacía mayor el modo y el cómo las tres sangres se fueron mezclando hacia proa. Alguno incluso afirmaba que tardaron días en limpiar la cubierta de tanta fatalidad.
Imaginaréis que crecí escuchando a mi abuela decir que aquel día fuimos capturados los tres: mi madre, el atún y .... Solía contar mi abuela también, que el resto de cordón fue lanzado al mar junto con la red y entonces, como si generaciones enteras de la familia hubieran sido testigos de lo que ocurrió a continuación, narraba como un banco entero de atunes gigantes acudieron a la llamada de un cebo de vida nueva. Entonces me decía, dignificando a todo un pueblo, nadie se atrevió a capturar ninguno de aquellos ejemplares por miedo a que una maldición extraña me llevara a mi también, como se había llevado a mi madre.
Pero he de confesar que nunca creí en tales fábulas. Sólo la más absoluta ignorancia podía generar la creencia de que mi carácter introvertido y un tanto arisco se debía a un alma capturada en un instante y para la eternidad en una red, como una prisión, en el fondo del mar. Veréis nadie consiguió nunca entender lo rematadamente feliz que era yo en mi soledad llena de significados. Siempre empeñada mi abuela y la maestra en rescatarme de mi mismo para condenarme a esos estúpidos juegos de niños de correr tras pelotas y cuerdas, o andar sobre ruedas desafiando la gravedad con el objetivo de perder la libertad de elegir. Nunca supieron el placer de descubrir constelaciones en cada forma y en cada grabado de arena junto al mar , el placer de proteger mis constelaciones, no compartiéndolas con niños torpes y repetitivos incapaces de ver nada más allá de lo que otros pusieron en sus miradas.
- ¿Qué haces allí en la playa, cada tarde solo? - ve a jugar con los otros niños, decían. ¿No sabían que ellos creen que las constelaciones son inexplicables horóscopos de visionarios asustados queriendo dar sentido a un devenir irremediablemente desconocido?. Creen que llenan de propósito el vacío cuando en realidad llenan de vacío todo los propósitos.
Más adelante fue aquella novia insulsa que insistía en guardar esas formas que si se guardan se mueren como muere el pez que se guarda en un cajón. Después descubrí que no hay diferentes novias, son siempre la misma, cambiando de nombre y algún que otro olor distinto. Todas acababan durando lo que conseguía mantener la respiración en ese desasosiego de análisis y predicciones necesarias. En algún momento decidí que ya le había dado suficientes oportunidades a esa camaleónica forma de afecto con distintos colores para una misma piel.
Después fueron todos esos colaboradores, vecinos, compañeros... tantos nombres para esos mismos hombres desconocidos de si mismos. Si hay algo sorprendente, es lo iguales que son las personas que se desconocen a si mismas.El desconocimiento es tan homogéneo como la nada. Es algo parecido a las novias... al final son siempre el mismo hombre relacionado en distintas distancias, como el zoom de una cámara, por más que cambie la imagen siempre devuelve el mismo objeto.
A lo largo de estos años siempre me asaltaba la misma pregunta: -¿Cómo será posible que consideren mi silencio, mi absoluta independencia y libertad una cárcel del alma?
Nunca conseguí entender cómo pudieron ver inadaptación, en un acto de amor y coraje tan absoluto como cuando conseguí cortar todos los grilletes centenarios que pretendían encadenarme a la tradición y la genealogía. ¿En qué momento pudo alguien ver adaptación en la más cobarde asimilación?
Por todo esto, quería contar antes de irme mi historia y así advertir:
A todos aquellos que sientan la tentación de lamentar mi viaje, debo decir que siempre estuve de viaje.
A todos aquellos que lamenten mi partida, debo decir que esta es quizás la única partida que voy a ganar, puesto que es la única partida que he decidido jugar.
A todos aquellos que sientan lástima y crean que tuve una vida triste y maldita desde que el mar capturó mi alma, debo decirles que mi vida fue maravillosa en todos aquellos momentos que pude huir de todos y cada uno de los cebos de su compasión. Que, toda vez que pude huir de sus cantos de sirena, sus normas de museo de ciencias naturales y de sus formas de cuadrícula desgastada mi vida fue una fabulosa encrucijada.
Hay constelaciones que me echarán de menos y formas que mis dedos modelaron que echarán de menos mis atenciones. Habrá destinos dónde mi mente dispersa voló, que dejarán la puerta abierta de par en par y un pasillo de farolillos encendidos esperando mi vuelta.
A todos aquellos que creyeron que mi carácter extremo escondía una huida constante, debo decirles que voy hacia el encuentro en un viaje hacia el inicio y rebobino el tiempo perdido en la huida definitiva, el final de la espiral.
Y una advertencia os dejo, a los más atrevidos, a los menos valientes cuando alarguéis el brazo del juicio hacia mi viaje. Yo ya no estaré para ejemplificar tus imágenes. Ten cuidado no te encuentres al final de tu juicio con tu espejo y vayas a ver reflejado en él lo que escondiste en mi historia.
domingo, 5 de mayo de 2013
BUSCANDO TÍTULO
Estaba con María en una terraza. A un par de mesas un chico no dejaba de mirarme. Se levantó, se acercó a nuestra mesa y me dijo: Ayer soñé contigo.
Lo raro es que yo ya había soñado con él aunque apenas si podía recordar nada del sueño.
Sin embargo, antes de que pudiera reaccionar, la inquietud se abalanzó sobre mí paralizándome como camisa de fuerza sobre esa primera emoción. Blindó mi voz bajo un silencio impuesto y precipitó el recuerdo como una descarga rápida que avanzaba a una velocidad extrema. María, que recibió en frecuencia femenina el impacto del aturdimiento inicial se apresuró a intervenir.
- Pues, fíjate que raro- ironizó desafiante mi amiga- porque yo también soñé ayer contigo. Sin embargo, no pensé que fuera necesario incomodarte en tu mesa con una observación tan personal e invasiva porque seguro que recordarás que fue en extremo decepcionante. Con clara intención de ahuyentar al extraño continuó : -¿Me explico, verdad? No hubo final feliz de ningún tipo para nosotros de otro modo hubiera sido realmente extraordinario coincidir hoy en el mundo de la vigilia y la cordura. Ahora si nos disculpas..., finalizó.
Pero él seguía imperturbable, la mirada fija en mi, con tal persistencia que rozaba el más absoluto descaro. Inamovible y totalmente ajeno a las palabras de María, tan seguro de si mismo, con mirada insistente finalmente se desplomaron todas mis defensas y evitando a toda costa mirar en dirección a María, empecé a enumerar lo más ordenadamente que pude, lo que mi mente entendía que era la combinación necesaria para la salir del laberinto sueño-vigilia.
- De acuerdo, le dije con bastante solemnidad, creo:
-Aparecías en blanco y negro, tan sólo un punto de libro color magenta asomaba de una edición antigua del Sefer ha-Qabbalah.
-Tenías un reloj de bolsillo en el lado derecho de tu chaleco..Lo cual, por cierto, falta a la elegancia siendo como eres diestro.
-Reclamaste como propias reiteradamente, contra mi testarudez las palabras de quién yo defendía como mi querido amigo Bernard Shaw: "Oh! the tigers will love you, there is no sincerer love than the love for food". Además, fuiste muy desagradable en tus observaciones al respecto, esto también debo decirlo.
- Como parecías disfrutar de sembrar polémicas en mi vida, según tú tan sólo aparentemente apacible. Describiste la campana de Gauss como un ataúd para la momias de la realidad probable para quienes, según tú, estamos plenamente fuera de la probabilidad media. (creo que esas fueron exactamente tus palabras)
-Por último, - Aquí tuve que hacer una pausa e intentar disimular un cierto temblor en mi voz mientras bajaba la mirada: - Por último, me recordaste que enumerara esta observación la última y por obligada cortesía hacia tu virilidad. Dijiste que debería recordar en alto que no tenías intención de tomar por ofensivas en modo alguno, las palabras de mi amiga María, porque ciertamente antes de que diera por finalizado el sueño, tu y yo, tendríamos ese momento que escapara a la decepción. - Ruborizarse no es malo, dijiste a continuación.
María, no daba crédito a mis palabras, la situación era absurda, nunca me había oído hablar así. Más adelante me confesaría que, por un instante, creyó que quizás aquello formara parte de algún juego de rol de adultos no se atreviéndose a interrumpir. Aún así le extrañaba que yo nunca le hubiera mencionado nada. Básicamente oscilaba entre la incredulidad y la locura.
El, sin embargo, cuando acabé mi enumeración exhaustiva sonrió complaciente, alcanzó una silla, le dio la vuelta y se sentó apoyando sus brazos sobre el respaldo tal y como habría hecho un niño. Miró a María con ese brillo de juego interminable y a mi con la satisfacción de quién ha colocado la última ficha en casa.
- ¿Puedo invitaros? preguntó.
A continuación, él extendió su mano derecha hacia la mía sujetándola con el pulgar bajo la muñeca. Mientras claramente parecía estar tomando mi pulso como rutina.
- Aturdida, mientras mi pulso se desbocaba bajo su pulgar, sólo alcancé a decir: - eres zurdo.
viernes, 3 de mayo de 2013
64 CASILLAS
Cuando se abrieron las puertas del ascensor, ahí estaba él. De espaldas no me había visto aún, pero era él.
Por un instante dudé en dar media vuelta y evitar el encuentro pero recordé, de otras tantas ocasiones, que a cada media vuelta del corazón la mente se empeña en recorrer los 180º restantes con suposiciones de historia ficción repletas de subjuntivos.
Así que, como de decisiones se alimenta el destino decidí permanecer estoicamente inmóvil.
Se acercó dirigiéndome apenas una mirada como un paréntesis y pasó de largo no sin antes rozar mi mano izquierda con decisión. Ni un paso atrás, me dije y me encaminé hacia el ascensor. La prisa precisa, sin mirar atrás, no sin antes oír desde el otro lado del vestíbulo:
- Jaque a la dama, (pausa dramática) cariño...
¿ Será que puede un corazón dejar de latir ? Cuando se cerraron las puertas del ascensor, ahí estaba yo... atrapando con dedos torpes las olas de cambiante dirección y las corrientes oceánicas de sentido único y también todos los silencios y algún que otro bostezo de insomnio involuntario. Los guardé dentro del bolsillo interior de mi bolso, ese que tiene cremallera y es lo suficientemente pequeño para pasar desapercibido al tacto y esperé el inevitable bucle en el tiempo.
Cuando las puertas del ascensor se abrieron, ahí estaba él con un guante blanco en una mano y la otra desvestida. De espaldas no me había visto aún, pero era él.
Me acerqué dirigiéndole apenas una mirada dirigida al último beso y puse en su mano, sin roce alguno, un bolso escondiendo brújulas y todas las mareas secuestradas. Me encaminé hacia la salida, la prisa precisa , no sin antes decir:
- defensa holandesa, mi amor, (pausa dramática) Jaque Mate.
Y por supuesto que miré hacia atrás. Carcajadas sin fin al otro lado del vestíbulo, mientras mareas y corrientes le explicaban al oído todas las confidencias que escondí.
Y ahí mismo me dije: - No sonrías, no sonrías... pero lo hice y es que, a veces, me desobedezco. Así que, en aquel mismo escenario, me sugerí (para no dar pie a la desobediencia) :Sabes qué? Más elegante será no tener bajo tus pies 64 cuadrados sobre los que elegir destinos algebraicos.
Desde aquel día, juego a borrar los límites de cada casilla.
CUANDO CIERRO LOS OJOS
Voy en tren, en el asiento junto a la ventana y en el sentido de la marcha. Es mi asiento favorito.
Así, se desplaza mi quietud sobre raíles bastante previsibles hasta que cierro los ojos y la soledad momentánea del vagón me lleva a todos los paisajes posibles.
Es una soledad irreal, porque viajo acompañada de multitud de olores que aparecen y desaparecen como un juego de luces: el olor a humedad, la resina de pino y el tabaco de pipa...también me acompañan palabras como piñatas, y en ellas siempre suenan los armónicos.. Esto es un secreto.. también viaja en este tren un huracán... de verdad.... los domo, pero sólo si son auténticos. Verás si es un auténtico Huracán... en el ojo encontrarás la quietud, por lo tanto... tan sólo es preciso buscar la mirada precisa para entender esos universos que giran y giran en aparente caos.... y desde el ojo, como un director de orquesta cada huracán tiene toda la fuerza de inacabables sinfonías.
Pero ya te he dicho que esto ocurre cuando corro las cortinas como párpados de otro modo...los abedules y algunas gaviotas alejadas de puerto se acercan a saludar con prisa.
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